lunes, 29 de noviembre de 2021

Tu cama y nuestra cuna

 ¿Ya no recuerdas
la llamada de mi lengua
a las puertas abiertas
de tus regiones más íntimas?

Abrías para mi
el camino a tus secretos
y yo avanzaba por tu cuerpo
entre tormentas de vida.

Tormentas de luz y de dicha
con explosiones lascivas
que desbordaban de placer
los límites de los sueños.

Aquellas tormentas rojas
de las que huían 
los amantes escrupulosos,
y que buscábamos,
ansiosos,
con cada ciclo de la luna.

Tu cama y nuestra cuna,
donde renacimos a la alegría
más pura
de los cuerpos que se desean.

Donde sea que estés,
todo mi ser te anhela.


Avanzamos...

 
Nosotros avanzamos
en el más hondo de los sielencios,
esperando a que llegue el momento
de dar el gran salto.

Somos muchas, 
más de lo que parece,
hombres y mujeres esperanzados...
Que sabemos  que la fraternidad
no está conquistada,
que el miedo y la mordaza
acallan las buenas noticias,
que sabemos que hay muchos
 soldados y periodistas
protegiendo con sus armas
y justificando con su  firmas
este estado estacionario
de las bombas y de la muerte.

Aún así, somos muchas.
Y esa cumbre luminosa
de la hermandad en la vida,
poco a poco,
y a pesar de las heridas,
lograremos conquistada.




Lo perdido y lo encontrado

                                                          

Hoy, 
que todo lo que nos rodea
parece temblar,
y amenaza con desmoronarse
ante el más leve soplo del viento,

siento, 

sobre todo,

que la mano amante
no me recorre,
que la boca ansiosa 
no me besa,
y que no estalla 
la belleza
de un suspiro placentero.

Miro al mundo y recuerdo
aquellos besos en la montaña,
los placeres 
en la noche estrellada
que nos llenaron de vida.

Y esa energía
de amores resueltos
que cuestionaban con su delirio
un mundo herido
 por el sopor de sus excesos:

los excesos de la patria libre
y los del libre mercado.

Hoy te siento,
más viejo y cansado,
en la nueva risa 
que ilumina la vida
y sus caminos tan extraños.